Mejor, hablemos del tiempo

porque como me tires de la lengua…

Archive for the ‘psiquiatría y psicología’ Category

Y yo con estos celos

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Introducción
Para la asignatura Psicología Social del nuevo Grado de Bolonia en Psicología me pedían que hiciera un estudio sobre los celos, evaluando cómo se ven afectados en relación con el sexo del participante, el tipo de infidelidad (emocional o sexual), la edad de la pareja o el estado civil. Los deberes de esta asignatura incluyen los criterios de evaluación de la tarea, y por ejemplo, se pedía un número mínimo de participantes en el estudio: 10. En la tanda anterior tiré de amigos, y conseguí unas 25 respuestas (un tanto sesgadas, que se cargaron los experimentos de Asch sobre la formación de impresiones). Pero ahora necesitaba garantizar el anonimato, y dividir a los participantes hasta cuatro veces, lo cual era imposible con una muestra tan reducida.

Por este motivo hice los formularios en formato Web y pedí ayuda a dos amigos para que los colgaran en sus blogs (de mayor difusión, por aquello de que actualizan regularmente y demás…): Susana en Kobayashi Maru y Chema en Las Penas del Agente Smith. Muchísimas gracias a los dos, y a las más de 500 personas que han respondido los cuestionarios a lo largo de la semana :-)

Batallita
La teoría evolucionista dice que los celos aparecieron como un mecanismo de preservación de una relación importante desde el punto de vista reproductivo. Así, los hombres estarían más preocupados por una infidelidad sexual de su pareja, puesto que se pondría en duda la paternidad de la descendencia y podrían invertir esfuerzos en criar hijos que no llevaran su material genético. En cambio, para las mujeres, la infidelidad más grave sería la emocional: que el hombre tenga hijos con otras mujeres no supone un problema salvo que se involucre y dedique parte de (o todos) sus esfuerzos al cuidado de los mismos.

A este respecto, el psicólogo David Buss planteó la hipótesis de que, al aumentar la edad de la pareja, los celos que siente un hombre ante una infidelidad sexual deberían disminuir, puesto que también lo hace la probabilidad de que la mujer conciba un hijo (y que no sea de él).

Por otra parte, existe una teoría sociocultural que estipula que las diferencias entre los celos de hombres y mujeres no se deben a factores sexuales, sino de género: esto es, dependen de las pautas que la sociedad inculca a niños y niñas y de los roles sociales que se generan.

Así, los psicólogos Luis Gómez Jacinto, Jesús Canto Ortíz y Patricia García Leiva hicieron un estudio (pdf) evaluando las diferencias de género, en el que además contrastaban los dos tipos de infidelidad de manera independiente.

El estudio
El estudio se ha realizado mediante dos escenarios de infidelidad simple y poco explícita, sobre los que se pide a los participantes que indiquen la intensidad de las sensaciones que cada situación les provoca, según los adjetivos traicionado, celoso, agresivo, desconfiado, encolerizado, y engañado. La división en dos cuestionarios es porque varía el orden de los escenarios: en el cuestionario indicado para apellidos A-L se presenta primero la infidelidad emocional y luego la sexual; en el de M-Z el orden es el inverso.

Los cuestionarios de mi experimento venían fijados por la UNED. En lo único en lo que toqué yo algo fue en dividir el estado civil en tres categorías: casado, conviviendo con la pareja, y con pareja pero no conviviendo a diario. Efectivamente, a mí tampoco me parece un buen cuestionario para medir los celos, sobre todo teniendo en cuenta que, de las seis sensaciones que se evaluaban, luego a mí en los deberes sólo me pedían la media :-/

Me han gustado mucho las sugerencias de futuras mejoras del procedimiento que habéis dejado en los comentarios: la inclusión de sentimientos como tristeza, angustia o abatimiento; determinar la manera en que se descubre la infidelidad (confesión de la pareja, por una tercera persona, o por uno mismo); o contemplar la existencia de parejas con relaciones abiertas.

Resultados y conclusiones
Versión muy resumida: la mayoría de las diferencias que se querían medir han resultado no ser significativas, con desviaciones inferiores al 5%, así que no es un estudio muy concluyente. Además, a pesar de la muestra de partida de 500 personas, ha habido algunos datos que no se han podido cruzar por lo reducidas que quedaban algunas segmentaciones, lo que hubiera ocasionado resultados no estadísticos.

Mirando con buenos ojos, parece que en media se cumple la hipótesis de Buss de que los celos sexuales masculinos se reducen con la edad de la pareja (aunque a cambio aumentan los emocionales). Sin embargo, los supuestos evolucionistas de que cada sexo se preocupa más por un tipo u otro de infidelidad no se han cumplido, pero como no se ha hecho un estudio de género tampoco se puede verificar la contrapropuesta. Y el orden de presentación de los tipos de infidelidad ha resultado totalmente indiferente.

Pero lo importante para comentar luego con los amigos: en media, en todas las situaciones evaluadas, las mujeres son más celosas que los hombres.

Los que quieran ver los resultados en detalle, con números y tablitas, pueden consultar el informe hecho para los deberes. Como siempre, lo hice el último día a última hora (y la UNED cierra las entregas a las 23:55, perdiéndose los 4 minutos más valiosos de todos), por lo que es bastante desastroso, pero bueno.

Ya os daré la brasa de nuevo el semestre que viene, e intentaré hacerlo mejor. ¡Muchas gracias a todos!

Toc toc

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Toc Toc, en el Teatro Príncipe

Toc Toc, en el Teatro Príncipe

Toc Toc es una obra de teatro en la que seis pacientes con distintos trastornos obsesivo-compulsivos (TOCs) coinciden en la sala de espera de la consulta de un psiquiatra. Adaptada de la obra francesa de Laurent Baffie, resulta una comedia ligera, de hora y media de duración, divertida y recomendable para ver entre semana cuando las entradas cuestan menos de 15€ (aunque me parece que del entresuelo sólo debe ver bien desde la primera fila). En Madrid puede verse en el Teatro Príncipe, en la calle Tres Cruces (al lado del Inpass, ahí en Gran Vía).

El 2% de la población sufre algún tipo de trastorno obsesivo-compulsivo. Yo, por mi parte, tengo un trastorno de la personalidad obsesivo-compulsivo -que no es lo mismo-, manifestado en un perfeccionismo que muchas veces no me permite disfrutar las cosas plenamente. Por ejemplo, la obra empieza con uno de los pacientes (Nicolás Dueñas) soltando tacos, y en seguida nos lo presentan como que tiene síndrome de Tourette. Falso. El trastorno que están presentando es meramente coprolalia. No es que yo sea ningún experto en el tema: a fin de cuentas sólo me he leído una novela, un caso clínico novelado, y la página de la Wikipedia, pero es suficiente para saber que la coprolalia, aunque es un síntoma común entre los muchísimos que presenta un tourettico, no tiene ni por qué darse entre estos pacientes. Y además, es una interrupción involuntaria que no suele encajar ni rimar graciosamente con la conversación…

Pero es que a continuación aparece una chica (Inge Martín) que dice dos veces cada frase de su guión, y lo llaman ecolalia. Falso otra vez. La ecolalia provoca que el afectado repita de manera involuntaria partes del discurso de otra persona (rara vez del suyo), de manera entrecortada, farfullando, y a veces tergiversando fonética y semánticamente las palabras, que es lo que les suele pasar a los afectados de Tourette (sí, lo tienen todo, los pobres. Y los ladridos también son suyos, no de la ecolalia). La ecolalia, frecuente en niños pequeños, es fácil de reprimir en los adultos y por lo general sólo permanece significativa entre los autistas.

El resto de los pacientes tienen trastornos correctos, pero no siempre resultan muy consistentes en sus síntomas, salvo la mujer con misofobia (Gracia Olayo), que teme ensuciarse y entrar en contacto con gérmenes, por lo que coge las cosas a través de un kleenex y corre cada dos por tres al cuarto de baño a lavarse las manos. Los tres pacientes restantes son un hombre con aritmetomanía (Javivi), obsesionado con contar el número de veces que sucede algo o el número de objetos de algún tipo, una mujer que necesita comprobarlo todo múltiples veces (Ana María Barbany) y que además es fervientemente religiosa, y un chico (Daniel Muriel) que no puede pisar las líneas del suelo y además está obsesionado con la simetría.

Directamente, los actores Javivi y Daniel Muriel resultan muy exagerados, y por lo tanto, muy poco creíbles. Parecen una parodia. Además, junto con Ana María Barbany, sólo aparecen afectados a rachas, no muy obsesionados con sus trastornos, y apenas actúan compulsivamente. Y lo que resulta menos verosímil de toda la obra es que los pacientes muestren comportamientos tan limitados y distintos entre sí, cuando por lo general los síntomas de los TOC aparecen entremezclados e, insisto, degeneran en comportamientos mucho más compulsivos. Baste pensar en Jack Nicholson (y no sólo en su personaje en Mejor Imposible): cuando tienes un TOC, se nota bastante que tienes un comportamiento extraño, y afecta a todos los ámbitos de tu vida, no sólo a una faceta. Joer, que el argumento dice que acuden a este psiquiatra como recurso final, recomendados por sus médicos anteriores, porque llevan años lidiando inútilmente con sus TOC y este hombre es el mejor del mundo y su última esperanza…

En fin, lo dicho. Que si uno se limita a ir y disfrutar, se ríe y se lo pasa muy bien. No hay que obsesionarse con los defectos de la obra…

Eat me alibailey!

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Soy una persona que sólo ha recomendado dos películas en todo el año, así que, cuando recomiendo un libro, hazme caso.

Motherless Brooklyn, de Jonathan Lethem, es una novela de detectives con todos los ingredientes: tenemos un muerto, un caso que se va complicando a medida que intentamos resolverlo, gente que no es quien parece ser, un par de excéntricos mafiosos multimillonarios, una corporación japonesa de mafiosos que hacen Zen, gente que se entera aún menos que nosotros de lo que está pasando, la chica, la otra chica, alguna chica más, persecuciones, peleas, tiros, confesiones y un final donde se aclara todo. Como ya digo, es una novela negra que, de por sí, está bien, pero que tampoco sería como para destacarla especialmente.

Lo que hace increíblemente genial a Motherless Brooklyn es que el protagonista tiene síndrome de Tourette. La primera vez que leí sobre Tourette fue en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver Sacks, un compendio de casos clínicos novelados que insisto en que es imprescindible leer, y que, de hecho, figura entre los agradecimientos de la novela de Lethem.

Los afectados de Tourette sufren tics y contracciones, involuntariamente hacen muecas y profieren insultos, o incluso gritos y ladridos. Al bueno de Lionel Essrog, incapaz de decir su nombre (“Liable Guesscog. Final Escrow. Ironic Pissclam. And so on.”), la ecolalia (y a veces coprolalia también) le tienen la cabeza como si fuera una máquina de hacer palomitas: las palabras distorsionadas burbujean en su interior y llega un momento en que los exabruptos explotan desparramándose por todas partes. Pero además sufre
de compulsiones que le llevan a tocar a sus interlocutores y repetir acciones que hayan producido algún ruido particular, todo ello un número determinado de veces, y en su infancia, a besar irremediablemente a los chicos de su orfanato (bastante mala idea).

La verdad, no parecen las características más apropiadas para un detective que intenta pasar desapercibido. Pero el síndrome de Tourette también puede aportar algunas ventajas muy siginificativas a la hora de vigilar y recabar información: cuando están vigilando una casa, el síndrome hace que Lionel se gire automáticamente cada 15 segundos a controlar la puerta, la avenida y los callejones laterales – nada de policías que se pierden justo lo que han ido a observar por estar comiéndose un donut. Y, en las escuchas telefónicas, Lionel se obsesiona con las palabras clave para la investigación, por lo que es imposible que se pierda ningún resquicio de información. Y, en fin, se le da genial darle vueltas en la cabeza a las cosas en busca de cualquier tipo de relación, por absurda que pueda parecer. Pero, sobre todo, quizás el motivo sea uno que no conviene olvidar:

“He said the reason you were useful to him was because you were crazy everyone thought you were stupid.”

No sé cómo de realista llegará a ser la novela con respecto al síndrome, pero como lectura es fantástica. Me encanta cómo Lionel se queda atascado en palabras y frases de especial sonoridad y va jugando con ellas y tergiversándolas hasta que, de pronto, profiere un “Eat me Bailey!” en mitad de la conversación. A partir de ahora, para mí Alfred Hitchcock será ya siempre “Altered Houseclock”. Sería un nombre genial para un grupo de música. Pero quizás uno de los episodios más geniales de todos se produzca con El artista anteriormente conocido como Prince:

Me, I was bluffing, didn’t read magazines at all. Then I spotted a familiar face, on a magazine called Vibe: The Artist Formerly Known as Prince. The unpronounceable typographical glyph with which he had replaced his name was shaved into the hair at his temple.
“Skrubble,” I said.
“What?”
“Plavshk,” I said. My brain had decided to try to pronounce that unpronounceable glyph, a linguistic foray into the lands On Beyond Zebra. I lifted up the magazine.
“You’re telling me you’re gonna read Vibe?”
“Sure.”
“You trying to make fun of me here, Alibi?”
“No, no, I’m a big fan of Skursvshe.”
“Who?”
“The Artist Formerly Known As Plinvstk.”

Lo dicho, una mezcla maravillosa. Como una novela vitoriana con zombis…

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero

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Este libro de Oliver Sacks es uno de esos que todo el mundo debería leer. No se trata de una novela, sino de casos clínicos novelados, que casi mola más. Lo malo es que me lo leí hace más de tres meses, y sólo apunté los títulos de los casos, así que no recuerdo todos los detalles. Por eso te toca acercarte a una biblioteca y leértelo, hala.

El libro comienza con el capítulo de las pérdidas, y abre con El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, un caso singular donde los haya de un hombre que ve, pero sin llegar a procesar las imágenes en el cerebro, de modo que distingue una especie de bolsa de cuero suave y resistente de la que penden otras cinco bolsitas, y que seguramente sirva para guardar algo, pero no llega a entender que eso sea un guante, ni ve cómo debe usarse. Por lo general desarrolla las actividades diarias habituales -vestirse, desayunar- con normalidad mientras tararea una cancioncilla. Pero si a mitad de proceso se le interrumpe y distrae, luego no sabe qué hacer con la otra pernera del pantalón, o para qué sirve la tostada con mantequilla que tiene en la mano. Y sí, al salir de la consulta, intenta ponerse a su mujer como si fuera un sombrero.

El segundo caso es el del Marinero Perdido, una especie de hombre Memento cuyo presente se queda estancado después de la Segunda Guerra Mundial, que no entiende cómo cada mañana despierta en un sanatorio que no es su casa a finales de los cuarenta, que es donde se acostó, y que no es capaz de retener el presente más de cinco minutos antes de olvidarlo, siendo por ende incapaz de generar nuevos recuerdos.

La dama desencarnada es una mujer joven que tras una operación anodina pierde la propriocepción, esto es, su organismo deja de reconocer su cuerpo como propio, y por tanto, deja de mandarle señales. De modo que pierde toda la sensibilidad y motricidad, siendo incapaz de mantener siquiera la cabeza erguida. El tratamiento consiste en mantenerla constantemente frente a un espejo, para que con la vista se identifique y a partir de ese reconocimiento vaya recuperando el control sobre su propio cuerpo.

En esta misma línea se ven los casos de gente que deja de reconocer como propios miembros de su cuerpo, piernas en general, y que consideran que les han implantado la de otra persona, por lo que intentan librarse de ella a toda costa. En A nivel un hombre mayor camina con una inclinación de más de 20º de la que no es capaz de apercibirse, hasta que se coloca un nivel de burbuja en las gafas.

En ¡Vista a la derecha! una mujer sólo es capaz de ver la parte izquierda de las cosas, que su cerebro interpreta como la totalidad, de modo que sólo se maquilla la parte izquierda de la cara, y no entiende que tenga una mitad derecha. Cuando se le pide que ennumere los edificios de una plaza, nombra todos los de la mitad izquierda. Si se le pide lo mismo, pero se le dice que entre a la plaza desde el otro extremo, ennumerará la otra mitad de los edificios, puesto que son los que ahora quedan a la izquierda. Y en ningún momento encontrará nada extraño. A la hora de comer, las raciones le parecerán muy pequeñas, puesto que sólo se come la mitad izquierda. La enreversada solución es que cuando sienta hambre, dé una vuelta completa hacia la izquierda (porque no entiende el concepto de derecha) con su silla, con lo que verá una nueva ración, de la que se comerá otra vez la mitad. Si con tres cuartos de plato no ha tenido suficiente, ¡siga girando!

Por último, al acabar El discurso del Presidente, mientras se oyen los aplausos en la tele, en uno de los pabellones de enfermos sólo se escuchan carcajadas. Lo bueno es que hay dos tipos de enfermos, y ambos ríen. El primer grupo recoge a los enfermos de afasia, que han perdido la capacidad de comprender el lenguaje oral, y que por tanto sólo pueden comprender la forma de moverse del Presidente, y las variaciones tonales de su voz. Y se ríen porque, con lo que pueden percibir, esa persona está clarísimamente mintiendo. El segundo grupo está afectado por el trastorno contrario: comprenden las palabras, pero no perciben los tonos ni el lenguaje corporal. Y ríen porque el mensaje que transmite el discurso, desnudo de sentimientos, es incongruente y falso a todas luces. De modo que el Presidente miente, y los únicos en notarlo son los locos…

La segunda parte del libro está dedicada a los Excesos, y mayoritariamente al Síndrome de Tourette, que es una auténtica putada: los afectados sufren tics y contracciones, involuntariamente hacen muecas y profieren insultos, o incluso gritos y ladridos. Pero bueno, aún así hay pacientes que prefieren quitarse la medicación los fines de semana, porque sin el Síndrome dejan de ser ellos mismos, pierden su excesiva personalidad, dejan de ser ingeniosos, distintos, y sobre todo, pierden la magistralidad a la hora de improvisar solos de batería en sus grupos de jazz, jeje.

Comienza contando el escepticismo que despertaba este Síndrome, hasta que al doctor Sacks se le presenta el primer paciente, y a partir de ahí no deja de localizarlos por las calles, llegando a ver en una ocasión a un enfermo que en los dos minutos que tardó en recorrer una manzana y resguardarse en un callejón, tuvo tiempo de convertirse -más que de imitar- durante unos segundos a la treintena de personas con las que se cruzó en su camino. Alucinante.

De esta parte, otro caso que me hizo gracia, pero porque salió en un episodio de House, es el de La enfermedad de Cupido, donde una viejecita se pone toda cachonda pero por culpa de la sífilis.

Llegamos a la tercera parte: los Arrebatos. Empieza con dos casos bastante parecidos: Reminiscencia y nostalgia incontinente. El primero cuenta cómo una viejecita se despierta una mañana eschuchando canciones tradicionales irlandesas que no escuchaba desde que abandonó Irlanda más de ochenta años antes. Curiosa, se levanta a ver quién las está poniendo, y tras comprobar que todo está apagado, se da cuenta de que la música suena en su cabeza.

A la otra viejecita de repente le empieza a atronar una canción, pero moderna. Sabedora (como los telecos) que con los empastes antiguos se recibían señales de radio AM que se escuchaban en la cabeza al principio lo único que le preocupa es el volúmen del sonido. Pero cuando la canción acaba, y comienza de nuevo, y sigue, y sigue, y sigue, se va al médico corriendo.

En ambos casos la música la está generando el lóbulo temporal, y se les ofrece un tratamiento con nosequé pastillas que cortarán el hilo musical privado. La segunda vieja ni lo duda, porque tiene la cabeza como un bombo, y las tres canciones que le suenan ahora no es que le gusten especialmente. La primera vieja, por el contrario, rechaza el tratamiento, porque al hilo de la música está rescatando un montón de recuerdos de su infancia que hasta entonces parecían haber estado bloqueados, está recuperando escenas y sensaciones a las que antes no podía acceder aunque tenga la cabeza a punto de estallar. Finalmente, cuando el sonido parece dispuesto a matarla, cede por completo. Ya no suena música en su cabeza, pero los recuerdos permanecen, y la vieja es feliz.

El otro arrebato a destacar es El perro bajo la piel, donde un hombre de repente desarrolla una capacidad sensorial más propia de un viaje psicotrópico que otra cosa. Siente cómo sus sentidos se agudizan, especialmente la vista y el olfato. Con su nueva condición, se encuentra capacitado para detectar 17 tonalidades distintas de marrón en las cubiertas de piel de los libros de una colección que anteriormente le parecían todos iguales. Diferencia colores de 64 bits, prácticamente. Por otro lado, el sentido del olfato se le potencia hasta el punto de que es capaz de percibir el estado anímico de una persona incluso antes de acercarse a hablar con ella: sabe si una tía está enfadada, cachonda, o tiene la regla a varios metros de distancia. A cambio, el razonamiento lógico y la expresión lingüística se le empiezan a resentir; está volviendo a un uso cerebral más primitivo. Y pasado un mes, el arrebato se fue por donde vino, devolviéndole a una vida que ahora veía pobre de color…

Aquí es donde descubrí que la capacidad olfativa reducida (lo que sería ser sordo o ciego del sentido del olfato, vaya) se denomina anosmia.

La última parte del libro la compone El mundo de los simples, en su mayoría retrasados y autistas que presentan a cambio otras habilidades increíblemente desarrolladas, como el caso de un hombre al que se le mostraba una imágen cualquiera un par de segundos, y dibujaba durante horas hasta proporcionar una réplica conteniendo todos los detalles.

Pero el caso con el que me quedo es el de los gemelos, que yo no he visto Rain man (ya me vale), pero creo que tiene una escena similar: una caja de cerillas cae al suelo, desparramando su contenido, y en décimas de segundo los gemelos gritan ¡111! y luego alternadamente una vez cada uno ¡37! tres veces. Efectivamente había 111 cerillas, y la descomposición en factores primos de esa cifra es tres veces 37.

Una de las actividades preferidas de los gemelos era calcular fechas: dada una fecha, ellos decían el día de la semana en menos de un par de segundos. La otra, a la que jugaban solos, era intercambiarse números. Se sentaban durante horas, y se iban diciendo números aparentemente grandes y no relacionados, que disfrutaban con auténtico deleite. Por supuesto eran todos primos, y cuando el doctor se dio cuenta, consiguió una lista y se puso a participar también él en el juego, cuando iban por números de cinco cifras. Emocionados, los gemelos subieron a seis (aumentando el tiempo de cálculo* a unos minutos), y cuando tras un par de rondas el doctor se la jugó con uno de ocho, los gemelos, tras algo más de media hora, le respondieron con uno de nueve y otro de diez cifras. *En la clínica se barajaba la hipótesis de que verdaderamente no los calculaban, sino que de algún modo proyectaban mentalmente todos los números y luego buscaban los primos como quien recoge margaritas de un campo.

Como ya digo, apasionante. Así que cuando vayas a la biblioteca a buscarlo, acuérdate de que no está en la sección de narrativa, sino bajo el apartado 616 de la Clasificación Decimal Universal, Patologías y Medicina clínica.