Mejor, hablemos del tiempo

porque como me tires de la lengua…

Archive for noviembre 2009

Nothing I have ever done is of the slightest practical use

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En La música de los números primos el matemático G. H. Hardy, a través de sus colaboraciones con Littlewood y también con Ramanujan, juega un papel bastante importante como hilo conductor de la historia a principios del siglo XX. Y como hacen varias referencias a su libro Apología de un matemático, al final decidí leermelo.

No es de extrañar que me haya gustado más la introducción de C. P. Snow que el texto de Hardy en sí (además, vienen a ser de una longitud similar), ya que Snow cuenta un montón de batallitas tanto matemáticas (muchas empleadas luego por Marcus du Sautoy en su libro) como personales:

Hardy, always inept about introducing a conversation, said, probably without a greeting, and certainly as his first remark: ‘I thought the number of my taxi cab was 1729. It seemed to me rather a dull number.’ To which Ramanujan replied: ‘No, Hardy! No, Hardy! It is a very interesting number. It is the smallest number expressible as the sum of two cubes in two different ways.’

1729 = 13 + 123 = 103 + 93

Por el contrario, el texto en defensa del trabajo de matemático, aunque está bien, es bastante más seco y tampoco me parece ninguna maravilla. Sobre todo, he echado en falta más hincapié en torno a la idea de universalidad de las matemáticas:

A chair or a star is not in the least like what it seems to be; the more we think of it, the fuzzier its outilines become in the haze of sensation which surrounds it; but ‘2’ or ‘317’ has nothing to do with sensation, and its properties stand out the more clearly the more closely we scrutinize it. It may be that modern physics fits best into some framework of idealistic philosophy — I do not believe it, but there are eminent physicists who say so. Pure mathematics, on the other hand, seems to me a rock on which all idealism founders: 317 is a prime, not because we think so, or because our minds are shaped in one way rather than another, but because it is so, because mathematical reality is built that way.

El caso es que Hardy deja bien claro que las matemáticas no necesitan defensa alguna. Veamos entonces el matemático en sí. Ya nos advierte Snow:

He was glad that I had gone back to writing books: the creative life was the only one for a serious man.

Y continúa Hardy, quien a pesar de su gran talento para las matemáticas, creo que también hubiera hecho una labor destacable en un departamento de recursos humanos:

A man who is always asking ‘Is what I do worth while?’ and ‘Am I the right person to do it?’ will always be ineffective himself and a discouragement to others.

A man who sets out to justify his existence and his activities has to distinguish two different questions. The first is whether the work which he does is worth doing; and the second is why he does it, whatever its value may be. […] Their answers, if they are honest, will usually take one or other of two forms […]

(1) ‘I do what I do because it is the one and only thing that I can do at all well. I am a lawyer, or a stockbroker, or a proffesional cricketer, because I have some real talent for that particular job. […] I agree that it might be better to be a poet or a mathematician, but unfortunately I have no talent for such pursuits.’
I am not suggesting that this is a defence which can be made by most people, since most people can do nothing well at all. […] It is a tiny minority who can do anything really well, and the number of men who can do two things well is negligible. If a man has any genuine talent, he should be ready to make almost any sacrifice in order to cultivate it to the full.

(2) ‘There is nothing that I can do particularly well. I do what I do because it came my way. I really never had a chance of doing anything else.’ And this apology too I accept as conclusive. Is it quite true that most people can do nothing well. If so, it matters very little what career they choose, and there is really nothing more to say about it. It is a conclusive reply, but hardly one likely to be made by a man with any pride; and I may assume that none of us would be content with it.

A man’s first duty, a young man’s at any rate, is to be ambitious. […] the noblest ambition is that of leaving behind one something of permanent value. […] There are many highly respectable motives which may lead men to prosecute research, but three which are much more important than the rest. The first (without which the rest must come to nothing) is intellectual curiosity, desire to know the truth. Then, professional pride, anxiety to be satisfied with one’s performance. Finally, ambition, desire for reputation, and the position, even the power of money, that it brings. It may be fine to feel, when you have done your work, that you have added to the happiness or alleviated the sufferings of others, but that will not be why you did it.

If these are the dominant incentives to research, then assuredly no one has a fairer chance of gratifying them than a mathematician. His subject is the most curious of all — there is none in which truth plays such odd pranks. It has the most elaborate and the most fascinating technique, and gives unrivalled openings for the display of sheer professional skill. Finally, as history proves abundantly, mathematicial achievement, whatever its intrinsic worth, is the most enduring of all.

Luego entra a discutir la utilidad de las matemáticas, e incluso se plantea si las matemáticas pueden considerarse dañinas para la humanidad (Durante la Primera Guerra Mundial, Littlewood dejó sus investigaciones para unirse al cuerpo de balística, doctrina matemática que sirve para matar a la gente. Aunque, bien visto, matar a la gente de un tiro parece menos cruel que matarles a base de golpes con una piedra — o una cucharilla, puestos al caso). Después, sobre la utilidad, pone un par de ejemplos de teoremas chorras de curiosidades de las que a mí me encantan, pero justo para decir que las matemáticas, las de verdad, además de bellas tienen que ser serias. Y a partir de ahí el libro se me hizo un poco cuesta arriba y dejé de tomar notas. Tendré que investigar, en cambio, Mathematical Recreations de Rouse Ball:

(a) 8712 and 9801 are the only four-figure numbers which are integral multiples of their ‘reversals’:

8712 = 4 * 2178
9801 = 9 * 1089

(b) There are just four numbers (after 1) which are the sums of the cubes of their digits, viz.

153 = 13 + 53 + 33
370 = 33 + 73 + 03
371 = 33 + 73 + 13
407 = 43 + 03 + 73

These are odd facts, very suitable for puzzle columns and likely to amuse amateurs, but there is nothing in them which appeals much to a mathematician.

Jo, pues a mí me intriga saber quién averiguó eso, y qué estaba haciendo para encontrarlo…

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Madrid con otra luz

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Un poco por casualidad ayer terminé entrando en la antigua Casa de Correos de la Puerta del Sol (sí, el edificio del reloj de las campanadas), donde no había estado nunca, para ver una exposición de fotografía de Fernando Manso que intenta captar un “Madrid Inédito” (a pesar de que las fotos ya están puiblicadas en un libro). Una de las premisas venía a ser nada de cielos azules, por lo que hay un montón de juegos cromáticos en las nubes, escenas de niebla y, lo que sí que es altamente inusual en Madrid capital, escenas nevadas. Sin embargo, también hay mucho HDR y fotos directamente quemadas para que se vean más blancas.

Palacio de Cristal (El Retiro), Fernando Manso
Palacio de Cristal (El Retiro), Fernando Manso

Palacio de Cristal (El Retiro), Fernando Manso

Catedral de la Almudena, Fernando Manso

Catedral de la Almudena, Fernando Manso

Parque de El Capricho, Fernando Manso

Parque de El Capricho, Fernando Manso

Vista aérea desde el Círculo de Bellas Artes, Fernando Manso

Vista aérea desde el Círculo de Bellas Artes, Fernando Manso

Cibeles, F. Manso

Cibeles, F. Manso

Algún punto de la Comunidad, Fernando Manso

Algún punto de la Comunidad, Fernando Manso

 
Esta última ya no es que no me sepa dónde es, sino que además la he tenido que fotografíar con el móvil del catálogo de la exposición, así que es muy lamentable. Pero en grande era una de las más bonitas. Hay más que no he encontrado por la red. Quien se dé prisa aún puede ver la exposición hasta mañana. Después, parece que habrá siete fotos en el bar del Hotel The Westin Palace de Madrid hasta el 15 de enero. Como colofón de ésta, decir que gracias a la exposición me he enterado de que en Madrid hay un bosque de Finlandia. Está en Rascafría, y además del embalse fotografiado, al parecer tiene una sauna…

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Eat me alibailey!

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Soy una persona que sólo ha recomendado dos películas en todo el año, así que, cuando recomiendo un libro, hazme caso.

Motherless Brooklyn, de Jonathan Lethem, es una novela de detectives con todos los ingredientes: tenemos un muerto, un caso que se va complicando a medida que intentamos resolverlo, gente que no es quien parece ser, un par de excéntricos mafiosos multimillonarios, una corporación japonesa de mafiosos que hacen Zen, gente que se entera aún menos que nosotros de lo que está pasando, la chica, la otra chica, alguna chica más, persecuciones, peleas, tiros, confesiones y un final donde se aclara todo. Como ya digo, es una novela negra que, de por sí, está bien, pero que tampoco sería como para destacarla especialmente.

Lo que hace increíblemente genial a Motherless Brooklyn es que el protagonista tiene síndrome de Tourette. La primera vez que leí sobre Tourette fue en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver Sacks, un compendio de casos clínicos novelados que insisto en que es imprescindible leer, y que, de hecho, figura entre los agradecimientos de la novela de Lethem.

Los afectados de Tourette sufren tics y contracciones, involuntariamente hacen muecas y profieren insultos, o incluso gritos y ladridos. Al bueno de Lionel Essrog, incapaz de decir su nombre (“Liable Guesscog. Final Escrow. Ironic Pissclam. And so on.”), la ecolalia (y a veces coprolalia también) le tienen la cabeza como si fuera una máquina de hacer palomitas: las palabras distorsionadas burbujean en su interior y llega un momento en que los exabruptos explotan desparramándose por todas partes. Pero además sufre
de compulsiones que le llevan a tocar a sus interlocutores y repetir acciones que hayan producido algún ruido particular, todo ello un número determinado de veces, y en su infancia, a besar irremediablemente a los chicos de su orfanato (bastante mala idea).

La verdad, no parecen las características más apropiadas para un detective que intenta pasar desapercibido. Pero el síndrome de Tourette también puede aportar algunas ventajas muy siginificativas a la hora de vigilar y recabar información: cuando están vigilando una casa, el síndrome hace que Lionel se gire automáticamente cada 15 segundos a controlar la puerta, la avenida y los callejones laterales – nada de policías que se pierden justo lo que han ido a observar por estar comiéndose un donut. Y, en las escuchas telefónicas, Lionel se obsesiona con las palabras clave para la investigación, por lo que es imposible que se pierda ningún resquicio de información. Y, en fin, se le da genial darle vueltas en la cabeza a las cosas en busca de cualquier tipo de relación, por absurda que pueda parecer. Pero, sobre todo, quizás el motivo sea uno que no conviene olvidar:

“He said the reason you were useful to him was because you were crazy everyone thought you were stupid.”

No sé cómo de realista llegará a ser la novela con respecto al síndrome, pero como lectura es fantástica. Me encanta cómo Lionel se queda atascado en palabras y frases de especial sonoridad y va jugando con ellas y tergiversándolas hasta que, de pronto, profiere un “Eat me Bailey!” en mitad de la conversación. A partir de ahora, para mí Alfred Hitchcock será ya siempre “Altered Houseclock”. Sería un nombre genial para un grupo de música. Pero quizás uno de los episodios más geniales de todos se produzca con El artista anteriormente conocido como Prince:

Me, I was bluffing, didn’t read magazines at all. Then I spotted a familiar face, on a magazine called Vibe: The Artist Formerly Known as Prince. The unpronounceable typographical glyph with which he had replaced his name was shaved into the hair at his temple.
“Skrubble,” I said.
“What?”
“Plavshk,” I said. My brain had decided to try to pronounce that unpronounceable glyph, a linguistic foray into the lands On Beyond Zebra. I lifted up the magazine.
“You’re telling me you’re gonna read Vibe?”
“Sure.”
“You trying to make fun of me here, Alibi?”
“No, no, I’m a big fan of Skursvshe.”
“Who?”
“The Artist Formerly Known As Plinvstk.”

Lo dicho, una mezcla maravillosa. Como una novela vitoriana con zombis…

Blocks with letters on

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El último juego del que me he enamorado en Kongregate aúna mis dos modalidades favoritas: juegos de lógica y juegos de palabras. En Blocks with letters on tienes que mover una serie de bloques con letras en ellos (sí, estos también se han roto la cabeza buscándole un título al juego) hasta formar la palabra correcta en la salida. Empieza fácil, pero a medida que avanzan los niveles aparecen letras que pueden volar, teletransportes, botones que activan y desactivan bloques, puntitos que hacen que las letras se giren, paredes pegajosas, y lo peor que te puede pasar cuando tienes que hacer anagramas: bloques que transforman una letra en su siguiente en el abecedario. De modo que hacia el final puedes encontrarte con algo así:

Blocks with letters on

Blocks with letters on

 
El juego mola muchísimo, es doblemente frustrante (encontrar la palabra, y encontrar el modo de formarla), y muy divertido, no sólo por las pifias que cometes por el camino, sino porque después de acertar cada palabra se muestra una pequeña animación con una situación en la que se use la palabra – y los autores están fatal. Pero muy muy mal de la olla.

Y lo mejor de todo: acabo de descubrir que ya tiene segunda parte :-D

Written by descatalogado

2009/11/27 at 9:41 am

But is it lyrical genius or crap rock poetry?

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Ya tengo canción del año 2009. Bueno, la canción la fiché una noche en un garito hará un año, pero aunque pregunté, era nisu para todos. Eso sí, astutamente grabé un trocito con el móvil. Normalmente me intento quedar con algo de la letra para luego buscarla en Google, pero reconozco que en esta ocasión estaba un poco complicado. Y algo así como por junio, después de que me saltara una cuantas veces en el teléfono, por fin me acordé y la busqué en midomi, sin muchas esperanzas, que todo lo que he buscado ahí antes no me ha llevado a nada. Pero esta vez sí. Y ya unos meses después me acordé de bajarme la canción. Y, finalmente, hoy la estoy poniendo en la sección de recomendados.

Ellos son The Rapture, y la canción más genial de 2009 lleva uno de los mejores títulos de canción que haya oído nunca: Whoo! Alright – Yeah… Uh-huh. La canción está en goEar y en Spotify. Les he seguido un poco la pista en este segundo medio, pero no he encontrado nada equiparable. Seguiremos investigando.

Los libros que me he terminado últimamente no me han convencido lo suficiente, aunque ya los reseñaré. Y aunque no tengo peli nueva, sí tengo un dato curioso que me han dicho hoy sobre Inglourious Basterds: sale el grito de Wilhelm. Del juego hablo mañana. Son las entradas más fáciles de hacer cuando tienes el blog medio oxidado…

Written by descatalogado

2009/11/26 at 9:39 am