Mejor, hablemos del tiempo

porque como me tires de la lengua…

Fobia a los guisantes

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Cuando Madeleine se vio sorprendida por la tormenta, fue a refugiarse en la única morada que consiguió vislumbrar en aquel valle. Llamó a la puerta, y la recibió un hombre mayor que la miró asombrado.
-¿Ha venido a pasar la noche? -preguntó el hombre, abriendo más la puerta y dejando entrever una confortable y cálida estancia. No le habían informado de la llegada de ninguna otra candidata, y además su aspecto no tenía nada que ver con el de las anteriores, pero aún así era necesario observar el protocolo.
Madeleine sintió que era una extraña pregunta que hacerle a una desconocida, y se planteó si no contendría segundas intenciones. Sin embargo, el frío y la lluvia la empujaron a asentir.
-Bienvenida, pues. Siéntese aquí, junto al fuego. Está temblando. ¿Ha cenado? Le prepararé algo caliente, y luego le mostraré su aposento.
Madeleine se sintió todavía más desconcertada por la repentina amabilidad del hombre, pero agradeció el calor del hogar y el tazón de sopa. Su reacción fue distinta cuando finalmente vio el lecho que le ofrecían: nada menos que siete gigantescos colchones apilados uno encima de otro. ¡Si hasta era necesaria una escalera para subir a lo alto! Acuciada por el hombre, Madeleine trepó como pudo por los escalones, con los ojos cerrados, intentando no pensar en la vertiginosa altura.
-Que descanséis. Os veré por la mañana -dijo el hombre apagando la luz y cerrando la puerta.
«La leche», se dijo Madeleine. «Esto está alto de cojones, menudo mareo. Y encima, con lo que yo me muevo en la cama, me arriesgo a caerme y partirme la crisma. Así no va a haber quien pegue ojo».

A la mañana siguiente, cuando el hombre entró en la habitación, se encontró con una Madeleine ojerosa y macilenta.
-¿A caso no habéis dormido bien? -le preguntó, reprimiendo la excitación.
No queriendo criticar la extraña cama que con tanta amabilidad le habían ofrecido, Madeleine intentó componer una sonrisa mientras decía: -Bueno, he sufrido una ligera molestia que desgraciadamente me ha mantenido en vela toda la noche.
-No os preocupéis, mi señora. A partir de ahora dormiréis siempre como una reina -dijo el hombre con los ojos humedecidos por la emoción.

A partir de ahí los acontecimientos se precipitaron vertiginosamente, y Madeleine se vio envuelta en los preparativos de boda con el Rey Lorenzo. Sólo años más tarde descubiría éste que había sido vilmente engañado cuando, rememorando aquella noche, la reina Madeleine le dijo: -¿Guisante? ¿De qué guisante me hablas?

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Written by descatalogado

2009/05/28 a 10:06 am

2 comentarios

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  1. Me gusta.

    IsabelA

    2009/09/15 at 7:24 pm


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