Mejor, hablemos del tiempo

porque como me tires de la lengua…

Archive for febrero 2007

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero

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Este libro de Oliver Sacks es uno de esos que todo el mundo debería leer. No se trata de una novela, sino de casos clínicos novelados, que casi mola más. Lo malo es que me lo leí hace más de tres meses, y sólo apunté los títulos de los casos, así que no recuerdo todos los detalles. Por eso te toca acercarte a una biblioteca y leértelo, hala.

El libro comienza con el capítulo de las pérdidas, y abre con El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, un caso singular donde los haya de un hombre que ve, pero sin llegar a procesar las imágenes en el cerebro, de modo que distingue una especie de bolsa de cuero suave y resistente de la que penden otras cinco bolsitas, y que seguramente sirva para guardar algo, pero no llega a entender que eso sea un guante, ni ve cómo debe usarse. Por lo general desarrolla las actividades diarias habituales -vestirse, desayunar- con normalidad mientras tararea una cancioncilla. Pero si a mitad de proceso se le interrumpe y distrae, luego no sabe qué hacer con la otra pernera del pantalón, o para qué sirve la tostada con mantequilla que tiene en la mano. Y sí, al salir de la consulta, intenta ponerse a su mujer como si fuera un sombrero.

El segundo caso es el del Marinero Perdido, una especie de hombre Memento cuyo presente se queda estancado después de la Segunda Guerra Mundial, que no entiende cómo cada mañana despierta en un sanatorio que no es su casa a finales de los cuarenta, que es donde se acostó, y que no es capaz de retener el presente más de cinco minutos antes de olvidarlo, siendo por ende incapaz de generar nuevos recuerdos.

La dama desencarnada es una mujer joven que tras una operación anodina pierde la propriocepción, esto es, su organismo deja de reconocer su cuerpo como propio, y por tanto, deja de mandarle señales. De modo que pierde toda la sensibilidad y motricidad, siendo incapaz de mantener siquiera la cabeza erguida. El tratamiento consiste en mantenerla constantemente frente a un espejo, para que con la vista se identifique y a partir de ese reconocimiento vaya recuperando el control sobre su propio cuerpo.

En esta misma línea se ven los casos de gente que deja de reconocer como propios miembros de su cuerpo, piernas en general, y que consideran que les han implantado la de otra persona, por lo que intentan librarse de ella a toda costa. En A nivel un hombre mayor camina con una inclinación de más de 20º de la que no es capaz de apercibirse, hasta que se coloca un nivel de burbuja en las gafas.

En ¡Vista a la derecha! una mujer sólo es capaz de ver la parte izquierda de las cosas, que su cerebro interpreta como la totalidad, de modo que sólo se maquilla la parte izquierda de la cara, y no entiende que tenga una mitad derecha. Cuando se le pide que ennumere los edificios de una plaza, nombra todos los de la mitad izquierda. Si se le pide lo mismo, pero se le dice que entre a la plaza desde el otro extremo, ennumerará la otra mitad de los edificios, puesto que son los que ahora quedan a la izquierda. Y en ningún momento encontrará nada extraño. A la hora de comer, las raciones le parecerán muy pequeñas, puesto que sólo se come la mitad izquierda. La enreversada solución es que cuando sienta hambre, dé una vuelta completa hacia la izquierda (porque no entiende el concepto de derecha) con su silla, con lo que verá una nueva ración, de la que se comerá otra vez la mitad. Si con tres cuartos de plato no ha tenido suficiente, ¡siga girando!

Por último, al acabar El discurso del Presidente, mientras se oyen los aplausos en la tele, en uno de los pabellones de enfermos sólo se escuchan carcajadas. Lo bueno es que hay dos tipos de enfermos, y ambos ríen. El primer grupo recoge a los enfermos de afasia, que han perdido la capacidad de comprender el lenguaje oral, y que por tanto sólo pueden comprender la forma de moverse del Presidente, y las variaciones tonales de su voz. Y se ríen porque, con lo que pueden percibir, esa persona está clarísimamente mintiendo. El segundo grupo está afectado por el trastorno contrario: comprenden las palabras, pero no perciben los tonos ni el lenguaje corporal. Y ríen porque el mensaje que transmite el discurso, desnudo de sentimientos, es incongruente y falso a todas luces. De modo que el Presidente miente, y los únicos en notarlo son los locos…

La segunda parte del libro está dedicada a los Excesos, y mayoritariamente al Síndrome de Tourette, que es una auténtica putada: los afectados sufren tics y contracciones, involuntariamente hacen muecas y profieren insultos, o incluso gritos y ladridos. Pero bueno, aún así hay pacientes que prefieren quitarse la medicación los fines de semana, porque sin el Síndrome dejan de ser ellos mismos, pierden su excesiva personalidad, dejan de ser ingeniosos, distintos, y sobre todo, pierden la magistralidad a la hora de improvisar solos de batería en sus grupos de jazz, jeje.

Comienza contando el escepticismo que despertaba este Síndrome, hasta que al doctor Sacks se le presenta el primer paciente, y a partir de ahí no deja de localizarlos por las calles, llegando a ver en una ocasión a un enfermo que en los dos minutos que tardó en recorrer una manzana y resguardarse en un callejón, tuvo tiempo de convertirse -más que de imitar- durante unos segundos a la treintena de personas con las que se cruzó en su camino. Alucinante.

De esta parte, otro caso que me hizo gracia, pero porque salió en un episodio de House, es el de La enfermedad de Cupido, donde una viejecita se pone toda cachonda pero por culpa de la sífilis.

Llegamos a la tercera parte: los Arrebatos. Empieza con dos casos bastante parecidos: Reminiscencia y nostalgia incontinente. El primero cuenta cómo una viejecita se despierta una mañana eschuchando canciones tradicionales irlandesas que no escuchaba desde que abandonó Irlanda más de ochenta años antes. Curiosa, se levanta a ver quién las está poniendo, y tras comprobar que todo está apagado, se da cuenta de que la música suena en su cabeza.

A la otra viejecita de repente le empieza a atronar una canción, pero moderna. Sabedora (como los telecos) que con los empastes antiguos se recibían señales de radio AM que se escuchaban en la cabeza al principio lo único que le preocupa es el volúmen del sonido. Pero cuando la canción acaba, y comienza de nuevo, y sigue, y sigue, y sigue, se va al médico corriendo.

En ambos casos la música la está generando el lóbulo temporal, y se les ofrece un tratamiento con nosequé pastillas que cortarán el hilo musical privado. La segunda vieja ni lo duda, porque tiene la cabeza como un bombo, y las tres canciones que le suenan ahora no es que le gusten especialmente. La primera vieja, por el contrario, rechaza el tratamiento, porque al hilo de la música está rescatando un montón de recuerdos de su infancia que hasta entonces parecían haber estado bloqueados, está recuperando escenas y sensaciones a las que antes no podía acceder aunque tenga la cabeza a punto de estallar. Finalmente, cuando el sonido parece dispuesto a matarla, cede por completo. Ya no suena música en su cabeza, pero los recuerdos permanecen, y la vieja es feliz.

El otro arrebato a destacar es El perro bajo la piel, donde un hombre de repente desarrolla una capacidad sensorial más propia de un viaje psicotrópico que otra cosa. Siente cómo sus sentidos se agudizan, especialmente la vista y el olfato. Con su nueva condición, se encuentra capacitado para detectar 17 tonalidades distintas de marrón en las cubiertas de piel de los libros de una colección que anteriormente le parecían todos iguales. Diferencia colores de 64 bits, prácticamente. Por otro lado, el sentido del olfato se le potencia hasta el punto de que es capaz de percibir el estado anímico de una persona incluso antes de acercarse a hablar con ella: sabe si una tía está enfadada, cachonda, o tiene la regla a varios metros de distancia. A cambio, el razonamiento lógico y la expresión lingüística se le empiezan a resentir; está volviendo a un uso cerebral más primitivo. Y pasado un mes, el arrebato se fue por donde vino, devolviéndole a una vida que ahora veía pobre de color…

Aquí es donde descubrí que la capacidad olfativa reducida (lo que sería ser sordo o ciego del sentido del olfato, vaya) se denomina anosmia.

La última parte del libro la compone El mundo de los simples, en su mayoría retrasados y autistas que presentan a cambio otras habilidades increíblemente desarrolladas, como el caso de un hombre al que se le mostraba una imágen cualquiera un par de segundos, y dibujaba durante horas hasta proporcionar una réplica conteniendo todos los detalles.

Pero el caso con el que me quedo es el de los gemelos, que yo no he visto Rain man (ya me vale), pero creo que tiene una escena similar: una caja de cerillas cae al suelo, desparramando su contenido, y en décimas de segundo los gemelos gritan ¡111! y luego alternadamente una vez cada uno ¡37! tres veces. Efectivamente había 111 cerillas, y la descomposición en factores primos de esa cifra es tres veces 37.

Una de las actividades preferidas de los gemelos era calcular fechas: dada una fecha, ellos decían el día de la semana en menos de un par de segundos. La otra, a la que jugaban solos, era intercambiarse números. Se sentaban durante horas, y se iban diciendo números aparentemente grandes y no relacionados, que disfrutaban con auténtico deleite. Por supuesto eran todos primos, y cuando el doctor se dio cuenta, consiguió una lista y se puso a participar también él en el juego, cuando iban por números de cinco cifras. Emocionados, los gemelos subieron a seis (aumentando el tiempo de cálculo* a unos minutos), y cuando tras un par de rondas el doctor se la jugó con uno de ocho, los gemelos, tras algo más de media hora, le respondieron con uno de nueve y otro de diez cifras. *En la clínica se barajaba la hipótesis de que verdaderamente no los calculaban, sino que de algún modo proyectaban mentalmente todos los números y luego buscaban los primos como quien recoge margaritas de un campo.

Como ya digo, apasionante. Así que cuando vayas a la biblioteca a buscarlo, acuérdate de que no está en la sección de narrativa, sino bajo el apartado 616 de la Clasificación Decimal Universal, Patologías y Medicina clínica.